Kaliman y el secreto del fuego - La biblioteca
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La gran biblioteca.


Mas tarde Kalimán y su inseparable compañero caminaban a la gran biblioteca. Era un edificio imponente, y Solín comento: -

Oíste lo que dijo ese monje, como lograras convencerlo?

-Es un problema que Oetam previo, su solución es ingeniosa, pronto lo veras... esta entre los artículos que cargamos en esta bolsa que nos dio.


Entraron a la biblioteca, dominada por un dios romano, tal ves Apolo, lo que daba una idea de que aun se consideraban romanos. Pronto vieron una antesala y a lo largo de los pasillos se veían montones de documentos, papeles, papiros, libros en un mezcla indecisa ente el orden y el caos.

La sabiduría de milenios estaba acumulada en esos pasillos.

Pronto se les acerco un hombre barbudo y mal encarado, de edad indefinida y ojos entrecerrados como topo. Solín se quedo un poco atrás pues pronto se desarrollo un acalorado debate, en que a ratos el hombre parecía estar a punto de estallar, pero Kalimán lo tranquilizaba y lo llevaba en otra dirección.

Solín se dio cuenta de que Kalimán estaba manipulando hábilmente su ego, pues menciono algunos libros que al parecer el hombre había escrito hacia tiempo. El hombre pronto pareció triste y cansado, y señalo sus ojos y luego a la gran biblioteca. Solín oyó a Kaliman mencionar algo de Nerón, un rubí y luego este saco algo de su bolsa, era un pequeño estuche que contenía... unos anticuados lentes de aro.

Antes de que el hombre se diera cuenta Kalimán le coloco los lentes, y en ese momento este quedo atónito, volteo a varios lados, tomo un viejo papiro y se puso a leer ávidamente, luego otro y otro mas, pronto estaba llorando.

El pobre hombre era miope y ya no era capas de leer sus preciosos libros, papiros y rollos, lo que lo había amargado. El hombre corrió por la biblioteca tomando uno y otro libro y luego abrazando a los sorprendidos sabios que se encontraban ahi. Kalimán entre tanto le explico a Solín que si bien ya desde la epoca romana, se conocían ya el uso de los lentes y Nerón había usado un rubí pulida como lente, eran muy caros, y no tenían calidad óptica necesaria para poder leer, a este hombre ahora le quedaban aun muchos años productivos y escribiría aun grandes libros. Su nombre era Leoncio Aspimar.

Ya mas tranquilo el hombre regreso y casi como un niño, llevo a Kalimán a recorrer sus tesoros, Solin temio verse solo, pero un momento despues Kaliman le trajo un vetusto papiro, que vio con mucha aprensión, pero afortunadamente era un libro primorosamente ilustrado, con animales fabulosos e historias fantasticas.

Kaliman le explico:

-Es la geografía de Plinio el viejo, tiene mucha fantasía, pero también información importante de los lugares que visitaremos. Te tendre que dejar solo un rato, asi que aprovecha, este manuscrito es un tesoro fabuloso.

Algunas horas mas tardes un ambriento y algo cansado Solín dejo el libro, y decidió buscar a Kalimán. Lo encontró rodeado de libros y manuscritos, que el hombre le mostraba orgullosamente. Kalimán en absoluta concentración leía y retenía los libros con su memoria fotográfica. El hombre ni siquiera se daba cuenta de que Kalimán realmente estaba leyendo todo lo que le enseñaba.

Kalimán volteo a ver a Solín, quien le hizo una señal apuntando a su estomago, Kalimán sonrío y asintió. Con un gesto apenas perceptible callo al hombre, que en lugar de tigre, ahora parecia un cachorrito.

Kalimán le dio algunas monedas a Solín y le dio instrucciones de buscar comida y una posada para pasar la noche. Tal ves Lucio le podría recomendar un lugar apropiado.

Entonces Kalimán se volteo a consultar algo con Leoncio, y este asintio, sontrio y con orgullo y cierta ceremonia, le dio un paquete con sellos imperiales. Kalimán comento:

-Es una copia certificada y cotejada del primer concilio eclesiatico, es lo Lucio vino a buscar a esta ciudad, creo que estará feliz, el no lo sabe, pero gracias al contenido de esa copia, alguna dia sera un buen Papa. Ahora ve, puedes aprovechar para conocer la ciudad, creo que para ti, es suficiente de libros por hoy.

Solín partió alegremente, había crecido en las calles y se sentía mas a gusto en ellas que en los edificios.

Vio los grandes palacios de los nobles, las ostentosas mansiones de los ricos, pero también vio las humildes casas del pueblo, aunque en esta ciudad imperial incluso también ellos disfrutaban algunas comodidades, producto de las grandes riquezas que atravesaban los puertos.

 

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